Cuando se es sacerdote, somos hermanos de todos los sacerdotes. Quizás estemos parafraseando al poeta Andrés Eloy Blanco cuando dijera “Cuando se tienen 2 hijos se tienen todos los hijos de la tierra”. Y esa realidad que se dice muy fácil ha sido para nuestro presbiterio caroreño, en estos días, una verdad dolorosa pero hermosa. Se nos fue un Sacerdote, se nos fue el Padre Hernán Jesús Bastidas Montero y con él se fue un hermano, se fue un poquito de cada uno de nosotros, se fue parte de nuestro presbiterio y la madre iglesia se siente y esta triste. Sabíamos de su enfermedad, de su gravedad, sabíamos, como él lo sabía, que estaba cerca su fin terrenal pero anidábamos la esperanza del milagro; al final, sorprendió, dolió, movió los entresijos de nuestro ser por cuanto, cuando se es sacerdote, todos los sacerdotes somos hermanos y nada de lo que le suceda a uno de los nuestros nos es ajeno. Y la muerte de un hermano duele, nos hace tambalear el piso de nuestras seguridades, hace que la “ naturalidad “ con que asistimos a la muerte, vista constantemente en el ejercicio de nuestro ministerio sacerdotal, deje de ser algo “ natural “ para convertirse en dolorosa, sorprendente y a la vez esperanzadora experiencia.
Hernán es uno de nuestros sacerdotes de edad media, ordenado por Monseñor Herrera en 1997 junto con el lote que componen los padres César Indave, Agustín Riera y Alberto Álvarez, todos sacerdotes de ese año. Cada uno de nosotros tiene su propia realidad humana, su propia historia personal, su propia circunstancia que aporta al presbiterio un carisma especial. Hernán es un sacerdote fruto de una vocación madura acrisolada con la experiencia laical. Miembro de una familia donde existen hijas de la Vida Consagrada, Hernán vivió su primera juventud en el mundo de los laicos, pero siempre descubriendo a Dios y respondiéndole positivamente. El grupo juvenil Calasanz, su Parroquia cercana y adonde el acudía desde niño, supieron de sus desvelos e ilusiones juveniles. Era la época dorada del grupo juvenil Calasanz, los tiempos de las grandes obras, de la grandes opciones, tiempos que marcaron profunda huella en todos su integrantes, a tal punto de que casi todos son hoy hombres de probadas virtudes cristianas y de participación en la responsabilidades cristianas parroquiales. Allí inició Hernán su servicio y amor a la Iglesia y absorbió lo que iba a ser su constante en el ministerio sacerdotal: El amor y el desvelo por el joven, propio de la filosofía calasancia. Su pasantía por las misiones del padre Nacho en Barquisimeto afinó su temple misionero que no lo abandonó nunca, su estancia por el Yaracuy, en sus estudios superiores, lo hicieron madurar su fe y allí también la vivió en el trabajo y en el servicio eclesial. Más tarde, ya graduado, trabajando en Pomar, en los campos vinícolas de Altagracia, se fue consolidando su vocación hasta su ingreso al Seminario Juan Pablo II de Barquisimeto. Allí fue buen alumno, buen compañero, buen seminarista. Sus compañeros recogen esa pasantía seminarística al hacerse presente, asistirlo, recordarlo y llorarlo en su enfermedad y muerte.
Una vez ordenado sacerdote y vuelto a la tierra chica es enviado a la Parroquia de Nuestra Señora del Monte Carmelo en Palmario y allí siembra sus primicias sacerdotales, resaltando la creación de los campamentos juveniles misioneros que se han instituido, tiene carta de ciudadanía ya autónoma dentro de la historia y vida misionera diocesana. Viaja a Roma a estudiar y, si bien no logró su anhelo de perfeccionarse en medios de comunicación social, sí adquirió perfeccionamiento y una gran madurez para su ministerio sacerdotal. Vuelta a Venezuela ejerce una corta pasantía en el Propedéutico del Seminario Caroreño, en el Santuario Eucarístico del Sagrado Corazón de Jesús, y más tarde de Párroco en la Parroquia Nuestra Señora de Altagracia y Santo Domingo de Guzmán en Cuararigua. Allí se desempeña como Párroco y cosecha buen nombre, vive la realidad y la identidad de la gente de nuestros campos, se hace uno más de ellos y con ellos, hasta que la salud empieza a resentirse y tiene que abandonar Curarigua para luchar contra el mal que carcome su vida. En esa lucha encontró en la comunidad de San Pedro espacio para ejercer su ministerio, soñar en grande con futuros ciertos y apuntalar una obra que se tendrá que continuar. Más tarde el avance de la enfermedad lo hace cambiar de planes y ya es la lucha férrea contra la enfermedad que lo hace viajar fuera y luchar a brazo partido para mantener la vida hasta, que sin dejarse vencer, con su asombrosa y edificante lucidez y su serenidad, conformismo y aceptación del designio de Dios se nos va la noche del sábado 29 de Enero.
Esos rasgos de su vida, esos carismas, esos detalles, son los aportes de Hernán al presbiterio caroreño que lo hace rico, polifacético y grande y hermoso en la unidad dentro de la diversidad. Nos deja Hernán un puesto de lucha, un ejemplo edificante, un estímulo para segur siendo sacerdote, para abrazar nuestro sacerdocio con alegría. Su entereza, su hombría, su fe, su confianza en Dios, su porte hasta que la salud se lo permitió, su sueño, sus planes, sus ambiciones, su manera plácida y suave de irse, su amor a la familia, su amor al sacerdocio, su amor a los jóvenes, su espíritu misionero, su ser de aventurero en la hermosa aventura del sacerdocio ministerial, son los grandes aportes que este hermano nos deja.
Vete pues Hernán, sacerdote para siempre, abre caminos, tiende un lazo que nos una en la tierra y nos comunique con el Cielo, ayúdanos a ser sacerdotes y se tú nuestro guardián y custodio. No has muerto, sólo te has ofrendado y permaneces para siempre en el seno de nuestro presbiterio. Descansa hermano, bien lo mereces.
Los Sacerdotes de Carora, Aregue y Altagracia. (Vicaría San Juan Btta) en su última noche.


1 comentarios:
Padre lo felicito por su escrito, agradezco a Dios por su carisma y por esos escritos que hacen que sirven para ir fortaleciendo nuestra fe, que bueno es utilizar estos medios para la evangelización. ¡felicidades!
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