Muchas personas hoy en día llevan lo que se ha dado en llamar “vidas de tranquila desesperación”. Son almas aterrorizadas, preocupadas, neuróticas y, sobre todo, frustradas. Y la frustración proviene del fracaso (sea un fracaso ya acaecido o un fracaso presentido). Algunos se sienten frustrados porque comparan lo grande de los problemas que enfrentan con lo débil de los recursos que posee para resolverlos; en tales casos, se sienten muy temerosos del fracaso y hasta de intentar solución. O se pueden sentir frustrados por la falta de alguien a quien amar, de alguien que les devuelva suficiente amor.
En el primer caso podemos colocar a un alma que se deprime a medida que sus recursos económicos van mermando y el dinero no se materializa. Teme un cálculo futuro y está cansada de arriesgar. El segundo tipo de frustración implica la sensación de que la vida pasa rápidamente y que las posibilidades de satisfacción emocional van disminuyendo cada vez. En ambos casos, en ambas miserias, se ve claramente una conciencia desdichada del paso del tiempo; el alma frustrada es la más apta para estremecerse al ver la vieja advertencia: “Es más tarde de lo que crees”.
Toda ansiedad viene relacionada con el tiempo. El ser humano es la única persona conciente del tiempo. Sólo los seres humanos pueden tener en mente el pasado, de manera que éste pese sobre el momento presente con toda su herencia; y también pueden introducir el futuro en el presente, para imaginar que sus ocurrencias son actuales. Y la desdicha viene cuando se da una excesiva concentración en uno u en otra, de tal manera que se da entrada a sentimientos de desesperanza, pesimismo, melancolía, ansiedades y preocupaciones.
A parte de las enfermedades mentales que la excesiva preocupación por el pasado y el futuro crea en el ser humano, podemos encontrar en ello un fundamento moral. Una conciencia que carga con la culpa de pecados pasados y teme al juicio divino. Pero Dios misericordioso nos ha dado dos remedios para esta desdicha. Uno es el sacramento de la reconciliación o confesión, que apaga el pasado por medio de la remisión de nuestros pecados e ilumina el futuro por medio de nuestra esperanza de misericordia divina a través del arrepentimiento continuo y la rectificación de nuestras vidas. Nada en la experiencia humana es tan eficaz para sanar la memoria y la imaginación como la confesión; nos limpia de culpa y, si seguimos las advertencias de Nuestro Señor, eliminaremos completamente de nuestra mente nuestros pecados confesados: “Nadie que echa la mano al arado y mira atrás es apto para el Reino de Dios” (Lc. 9,62). La confesión también sana la imaginación, eliminando su ansiedad por el futuro; para que, con Pablo, el alma grite: “Todo lo puedo en Aquel que me conforta” (Flp. 4,13)
El segundo remedio para las enfermedades que padecemos por pensar en el tiempo es lo que podríamos llamar la santificación del momento (o del presente). Nuestro Señor estableció las reglas para nosotros con estas palabras: “Así pues, no se preocupen del mañana, que el mañana se ocupará de sí mismo. Cada día tiene bastante con su propio mal (Mt. 6,34). Es decir que cada día trae sus propios desafíos, que no tenemos que tomar problemas prestados del mañana, pues ese día tendrá su cruz. Dejemos el pasado a la misericordia divina y confiemos el futuro, sean cuales fueran sus desafíos, a la Providencia divina. Cada minuto de vida tiene su significado peculiar, más allá de la apariencia que pueda asumir ese minuto. El momento presente es el momento de salvación. Cada queja en su contra es una derrota, cada acto de aceptación ante él es una victoria.
Paz Y Bien
En el primer caso podemos colocar a un alma que se deprime a medida que sus recursos económicos van mermando y el dinero no se materializa. Teme un cálculo futuro y está cansada de arriesgar. El segundo tipo de frustración implica la sensación de que la vida pasa rápidamente y que las posibilidades de satisfacción emocional van disminuyendo cada vez. En ambos casos, en ambas miserias, se ve claramente una conciencia desdichada del paso del tiempo; el alma frustrada es la más apta para estremecerse al ver la vieja advertencia: “Es más tarde de lo que crees”.
Toda ansiedad viene relacionada con el tiempo. El ser humano es la única persona conciente del tiempo. Sólo los seres humanos pueden tener en mente el pasado, de manera que éste pese sobre el momento presente con toda su herencia; y también pueden introducir el futuro en el presente, para imaginar que sus ocurrencias son actuales. Y la desdicha viene cuando se da una excesiva concentración en uno u en otra, de tal manera que se da entrada a sentimientos de desesperanza, pesimismo, melancolía, ansiedades y preocupaciones.
A parte de las enfermedades mentales que la excesiva preocupación por el pasado y el futuro crea en el ser humano, podemos encontrar en ello un fundamento moral. Una conciencia que carga con la culpa de pecados pasados y teme al juicio divino. Pero Dios misericordioso nos ha dado dos remedios para esta desdicha. Uno es el sacramento de la reconciliación o confesión, que apaga el pasado por medio de la remisión de nuestros pecados e ilumina el futuro por medio de nuestra esperanza de misericordia divina a través del arrepentimiento continuo y la rectificación de nuestras vidas. Nada en la experiencia humana es tan eficaz para sanar la memoria y la imaginación como la confesión; nos limpia de culpa y, si seguimos las advertencias de Nuestro Señor, eliminaremos completamente de nuestra mente nuestros pecados confesados: “Nadie que echa la mano al arado y mira atrás es apto para el Reino de Dios” (Lc. 9,62). La confesión también sana la imaginación, eliminando su ansiedad por el futuro; para que, con Pablo, el alma grite: “Todo lo puedo en Aquel que me conforta” (Flp. 4,13)
El segundo remedio para las enfermedades que padecemos por pensar en el tiempo es lo que podríamos llamar la santificación del momento (o del presente). Nuestro Señor estableció las reglas para nosotros con estas palabras: “Así pues, no se preocupen del mañana, que el mañana se ocupará de sí mismo. Cada día tiene bastante con su propio mal (Mt. 6,34). Es decir que cada día trae sus propios desafíos, que no tenemos que tomar problemas prestados del mañana, pues ese día tendrá su cruz. Dejemos el pasado a la misericordia divina y confiemos el futuro, sean cuales fueran sus desafíos, a la Providencia divina. Cada minuto de vida tiene su significado peculiar, más allá de la apariencia que pueda asumir ese minuto. El momento presente es el momento de salvación. Cada queja en su contra es una derrota, cada acto de aceptación ante él es una victoria.
Paz Y Bien

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